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Hace pocos días el presidente del gobierno se refirió en una rueda de prensa a las soldadas y a los soldados. Podría haber sido una buena noticia si hubiera sido una manifestación de preocupación por la soldada que reciben los soldados, pero no era así. Lamentablemente, el lenguaje políticamente correcto le ha jugado una mala pasada al presidente del gobierno: hablaba de soldados y soldadas como si se refiera a personal militar del mismo empleo pero de distinto sexo. Resulta que la realidad no es esa y que se había colado en el discurso una ultracorrección. Un error, vamos. No había caído en la cuenta de que “en los ejércitos no hay hombres ni mujeres, hay estrellas y galones”.

No es lo mismo un o una general (sea hombre o mujer) que una generala (toque de alarma), un o una coronel que una coronela (bandera de un regimiento), un o una capitán que una capitana (la nave desde la que se comanda una flota), un o una sargento que una sargenta (alabarda que llevaba el sargento1) ni mucho menos el o la soldado que la soldada (el sueldo que percibe un militar). Y llegamos al punto que nos duele, porque el adjetivo que acompaña actualmente a la soldada es paupérrima (de pobre): los y las soldados recibimos una soldada paupérrima. Esa es la triste realidad. Y lo que debería preocupar al presidente del gobierno y a todos los ministros.

Real Decreto-ley 10/2020, de 29 de marzo, por el que se regula un permiso retribuido recuperable para las personas trabajadoras por cuenta ajena que no presten servicios esenciales, con el fin de reducir la movilidad de la población en el contexto de la lucha contra el COVID-19. 

En el ámbito del Ministerio de Defensa, la Ministra dictará las instrucciones y resoluciones necesarias para determinar el régimen jurídico aplicable tanto en lo que se refiere al carácter esencial de sus servicios como a la organización concreta de los mismos. 

…A las Fuerzas Armadas y a la Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que ahora percibimos como un escudo insustituible y no como un gasto superfluo”.

Presidente del Gobierno. Palacio de la Moncloa, 21 de marzo de 2020.

 

Parece que este maldito virus no solo nos trae muerte, dolor y miseria, sino que saca a relucir en nuestros más altos gobernantes percepciones asentadas en un atrasado resentimiento hacia las Fuerzas Armadas absolutamente ayuno de razón.

Resentimiento desenterrado e impropio de cualquier democracia avanzada, que pone en duda la profesionalidad de unos y en peligro la seguridad de todos. Esa seguridad que sólo se percibe cuando no se posee, de forma similar a la libertad deambulatoria, que es realmente apreciada cuando queda restringida a la terraza de casa.