10/08/2014 - El País -

El cementerio de Fuensalida (Toledo) es uno de esos monumentales campos santos de la intemperie manchega. Cada una de sus grandes sepulturas, todas en tierra, pertenece a una familia del pueblo. No hay tumbas unipersonales. Bueno, mejor dicho, ahora hay una, al final, en el “departamento 7, fila 1, número 15”, dice Juan Carlos, el sepulturero y encargado de mantener “limpio y ordenado este lugar sagrado”. No tiene lápida, tan solo unas estructuras metálicas enclenques delimitan el que supuestamente será su volumen. “Es provisional”, advierte Juan Carlos, hasta ahora no habían tenido que preocuparse porque no había muerto nadie de esa familia. Pero “la vida, el destino, la mala suerte, yo qué sé”, dice Estefanía Álvarez, hermana del fallecido, quiso que fuera el menor de todos el primero en irse del mundo de los vivos. Sólo unas iniciales, C.A.G.A., trazadas sobre el cemento gris de su sepultura, recuerdan que allí está enterrado Carlos Álvarez García-Arcicollar. Pocos le recordarán por ese nombre. Pero muchos se acordarán de él como el hombre al que el pasado 21 de junio aplastó y mató una rama de un árbol en el parque del Retiro de Madrid, mientras esperaba con sus dos niños pequeños a que regresara su mujer de visitar a unos familiares en un hospital.

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